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ANEXO
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HACIA UNA
CULTURA DE LA NO VIOLENCIA ACTIVA
Jubenal Quispe
A raíz de las últimas
confrontaciones violentas en la ciudad de Cochabamba, iceberg de los históricos
desencuentros bolivianos, urge plantearnos el reto de la construcción de una
cultura de la no violencia activa.
La cultura de la no violencia activa es un estilo de vida
permanente fundado en unas interrelaciones equilibradas (justas) entre los
seres humanos, de ellos con el resto de la naturaleza y con el mundo de las
divinidades. La mística que mueve a los sujetos de esta nueva cultura es el
cuidado de la vida en sus diferentes manifestaciones. La ética de la cultura de
la no violencia activa es la restauración de las interrelaciones equilibradas
en la comunidad cósmica, incluida la comunidad humana. Su utopía, posibilitar
la plenitud de la vida en sus diferentes formas (desarrollando las
potencialidades de sus miembros).
La cultura de la no violencia activa implica la
autoliberación interna de los dolores y las amarguras que cada ser humano carga
consigo. Sólo quien se perdona y se ama a sí mismo, puede perdonar, amar y
posibilitar una cultura de la no violencia.
En una realidad violentada, como la nuestra, los sujetos de
la no violencia activa asumen una actitud militante de denuncia permanente para
desenmascarar las estructuras y las relaciones de poder encubridoras e
incubadoras de la violencia.
La violencia, activa o pasiva, es la perversión de las
relaciones equilibradas que siempre culminan en situaciones caóticas. Así
tenemos la violencia social expresada en la exclusión, sometimiento y marginación
de sectores enteros a los intereses de unos cuantos. Violencia económica que
consiste en la riqueza de unos pocos a costa de la miseria de muchos y de la
devastación del planeta Tierra. Violencia cultural exteriorizada en el capital
de la blanquitud para unos pocos y en el veto de oportunidades para cuantos no
se adecuan a la estética convencional impuesta por el sistema dominante.
Violencia política manifestada en el monopolio del poder de una élite a costa
de la subalternización de las grandes mayorías. Violencia contra la Madre Tierra producto
del “desarrollo infinito” y del consumismo frenético de los energívoros. Estas
y otras violencias son algunas veces psíquicas y otras veces materiales.
Estas violencias, por su carácter permanente y sistemático,
se han constituido en una “realidad natural” inobjetable. Ya no nos conmueven,
las asumimos como algo natural. Por eso nos ruborizamos cuando “algunos” (los
afectados) cuestionan o se rebelan frente a dicha “realidad natural”. Los
dominadores conciente o inconcientemente la practican, y los dominados la
internalizan hasta hacer suyo dicho sistema e incluso defenderlo.
Si analizamos las causas de las revueltas y las convulsiones
sociales, veremos que, en la mayoría de los casos, éstas no son más que consecuencias
de la práctica sistemática de las violencias anteriormente mencionadas. Son la
consecuencia, de la sistemática violencia que padecen. Por tanto, la condena no
debiera ser a las consecuencias de la violencia, sino a las causas.
Por eso la cultura de la no violencia activa no es sólo
cuestión de denuncias esporádicas en contra de las guerras (pacifismo), ni
mucho menos manifestaciones, ni declaraciones por la paz sin ningún compromiso
activo permanente por la transformación de las causas estructurales de las
convulsiones o revueltas. Estas manifestaciones “angelicales” no son más que
expresiones de legitimación y mantenimiento de las estructuras encubridoras e
incubadoras de la violencia sistemática. Muy en el fondo, estas
manifestaciones, no son más que una violencia pasiva, cómplice con el ejercicio
de la violencia activa.
La cultura de la no violencia activa consiste en revelar el
ejercicio “sutil” de las diferentes formas de la violencia activa y pasiva,
condenar sus consecuencias y reconstruir (reconciliar), bajo el principio de la
justicia ecológica, las interrelaciones quebrantadas para posibilitar una
plenitud de vida en sus diferentes formas. Así lo hicieron los maestros de la
no violencia activa como Jesús de Nazaret, Mahatma Gandhi, M. L. King, Oscar Romero, Silo y muchos
otros/as.
La fecundación y el desarrollo de la cultura de la no
violencia activa requieren, ante todo, del compromiso de cada uno de nosotros.
De nuestra capacidad de reconciliarnos (autoliberarnos) con nosotros mismos.
Las familias, las escuelas, las iglesias, los medios de comunicación y todas las entidades públicas y privadas
deben coadyuvar en la autoliberación personal y colectiva.
La cultura de la no violencia activa requiere de la
perseverancia de cada uno de nosotros/as para desenmascarar y denunciar las
violencias sistemáticas y persuadir a la sociedad de que es posible un planeta
con relaciones equilibradas. Para ello tenemos que acudir a todos los
instrumentos posibles: correos electrónicos, artículos de prensa, volantes,
manifestaciones no violentas, consumo responsable, etc. Es posible. En nosotros
está el poder de desenmascarar y revertir las relaciones violentas encubiertas.
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